Para muchos el concepto de “ciudades inteligentes” (Smart City) tiene que ver sobre todo con la aplicación de las tecnologías de la información a la gestión de determinados servicios urbanos, en relación a lo que se ha dado en llamar el “Internet de las cosas”.
En plena evolución de la “sociedad digital”, si las redes sociales han configurado el “internet de las personas”, la irrupción de los llamados aparatos inteligentes abre el camino a este nuevo “internet de las cosas”, que según el último informe de la Fundación telefónica tendrá un desarrollo espectacular en los próximos años, y que está en la base de las Smart City.
Efectivamente, el hecho de que la tecnología permita, por ejemplo, que los autobuses envíen información sobre el tiempo de llegada a las pantallas situadas en las paradas, es una solución inteligente que ayuda a los usuarios del transporte público a gestionar sus tiempos de espera. Ejemplos como este aplicados a la gestión energética (encendidos y apagados “inteligentes” a través de sensores) o de otros servicios e infraestructuras urbanas sin duda hacen posible avances notables en la eficiencia y el funcionamiento de las ciudades. Muchos de estos ejemplos ya están documentados y recogidos como buenas prácticas (informe MINER), a la vez que se constituyen redes de ciudades y grupos de trabajo en torno a esta materia en una estrategia inteligente de colaboración público privada CPP, que muchas ciudades ya están sabiendo aprovechar.
Pero ¿para que sirve una Smart City?, como bien se pregunta D. Ruyet en su blog, y yo añadiría: ¿Para quién sirven? ¿Sabemos qué quieren o espera la ciudadanía de ellas? ¿Podemos hablar con propiedad de ciudades inteligentes? ¿Avanzamos realmente hacia infraestructuras inteligentes?
Hay que reconocer que en los últimos años tenemos buenos ejemplos de lo contrario: aeropuertos sin personas ni aviones, centros culturales super equipados con las últimas tecnologías de red, y cerrados ante la incapacidad de llenarlos de contenido o mantenerlos, auténticas “catedrales de la innovación”, edificios inteligentes vacíos esperando su oportunidad…etc. Merece la pena reflexionar sobre estos conceptos, hacia donde nos llevan (p.ej. a qué modelo de ciudad o región responde EUROVEGAS) y a qué políticas públicas responden y también sobre su aplicación, antes de lanzarse aceleradamente a un viaje o carrera a lo loco a lo loco hacia proyectos supuestamente inteligentes. No hay nada más fascinante y peligroso que una nueva tecnología, un nuevo juguete con el que deslumbrar a nuestras ciudades amigas/competidoras, pero no están los tiempos para muchas florituras.
Efectivamente, una de las principales cualidades de la inteligencia humana es la “capacidad para resolver problemas o crear productos que sean valiosos en una o más culturas“ (Howard Gardner, 2011), y en este sentido, estos desarrollos sin duda nos ayudan a avanzar en esa gestión inteligente, pero esta condición, con ser necesaria, no nos parece suficiente para que podamos hablar de ciudades inteligentes.
Para ello, y si queremos pasar de ese concepto a otros análogos como “sociedad inteligente (D. Innerarity,2011), hemos de construir paradigmas y otras soluciones más avanzadas, que aprovechando el impulso de la tecnología nos llevan hacia las personas, sus necesidades y prioridades para el desarrollo de la ciudad .
Si pensamos el concepto de inteligencia desde las personas y los colectivos sociales, me parece más sugerente la visión esbozaba por JA Marina: “la Ciudad Inteligente es aquella capaz de potenciar las posibilidades vitales y culturales de sus ciudadanos”.
La tecnología incrementa exponencialmente las capacidades de relación e interacción, de control y de acción, y nos puede ayudar mucho a incrementar la productividad, quizá mucho más allá que las quiméricas y generalizadas bajadas de sueldos que restringen la capacidad d consumo.
Impulsada por las TIC, la sociedad en red (Castells) trasmutada en “sociedad digital” (G. Roca) esta provocando una revolución en el modo de producir/prestar servicios que altera el modelo de negocio de las empresas y también del modo de intervención de las organizaciones públicas. Estamos en el “cambio de época” que vienen preconizando muchos sociólogos (Subirats), y que obliga a replantear el modo de intervención, de producción/servicio desde lo público.
Por eso más que nunca se hace imprescindible la “buena gobernanza” del proceso (para el interés público y general) y no para el particular, por muy legítimo y loable que sea este.
En otros momentos, algunas empresa ya nos han vendido mucha “cacharrería tecnológica” a los Ayuntamientos, y en ocasiones eso ha mejorado sus números a la par que acrecentado nuestro déficit (¿les suena?). Ya no es tiempo de proyectos tecnológicos como guinda o slogan de legislatura, y si de proyectos eficientes al servicio de un modelo de ciudad claro y definido públicamente.
Ahora más que nunca, además de ahorrar y no despilfarrar, es necesario tener los proyectos claros para saber adónde vamos, voluntad política y ciudadana, socios y relaciones adecuadas que nos ayuden a aprender y modelos de desarrollo sostenibles en el tiempo, o sea, los atributos de una gestión inteligente de ciudades (Diaz 2003), y todo eso es necesario sobre todo para decidir también dónde y cómo desarrollar y aplicar la tecnología: tecnología inteligente, si, pero al servicio de un proyecto inteligente de ciudad.
Smart City o 5 requisitos para una gestión inteligente de ciudades
En los últimos años, se han abierto paso experiencias innovadoras que se van aproximando a ese desideratum, o que al menos nos ayudan a plantearnos de una manera sistemática y rigurosa lo que podríamos llamar una gestión inteligente de las ciudades. A la luz de esas experiencias, me gustaría plantear esta reflexión en torno a los 5 requisitos o criterios de actuación que podemos plantear para ese modelo de gestión.
Un primer requisito para una gestión inteligente es la capacidad de la ciudad para diseñar un proyecto sobre sí misma, para diseñarse a si misma. Una ciudad debe saber cómo quiere ser, a partir lógicamente de lo que ya es, teniendo en cuenta sus posibilidades y potencialidades. En definitiva, a esto se le llama “tener proyecto”, teniendo clara su naturaleza y su posición en la red local y global de ciudades.
¿Cómo construir este proyecto de ciudad? ¿con qué mimbres y con qué participación?
Otro criterio que considero muy importante para una gestión inteligente de las ciudades, es realizar una buena gestión relacional, una gestión adecuada de las diferentes redes, contactos y relaciones necesarias para conseguir objetivos comunes o concurrentes en beneficio de su territorio. La gestión de redes es hoy una necesidad para conseguir cualquier objetivo en nuestro entramado institucional: local, autonómico, estatal, europeo y global. Una ciudad que se pretenda inteligente debe desarrollar capacidades para generar estas redes, tanto ciudadanas como institucionales.
¿Qué hacer para crear, mantener y aumentar el capital relacional de la ciudad?
Ligado a ello está la capacidad de aprender e incorporar su aprendizaje. Obtener y gestionar la información necesaria, compartirla y difundirla con la máxima transparencia, y utilizarla para comprender lo que ocurre y tomar decisiones: transformar la información en conocimiento. Aquí sin duda también la tecnología y las redes sociales pueden jugar un papel fundamental. ¿Cómo utilizarlas con ese fin?
Un cuarto requisito para una gestión inteligente, es que necesita voluntad y energía para actuar e innovar. La voluntad tiene que ver con las personas, y la energía con los recursos necesarios, y por tanto con la capacidad para generarlos.
El avance solo se produce en las organizaciones resolutivas, que no postergan las decisiones difíciles, sino que las toman buscando las mejores alternativas y tratando de anticiparse a los problemas. Todo ello se relaciona con la “productividad” si hablamos de organizaciones, o con la ”competitividad” si hablamos de ciudades, en definitiva con la capacidad para optimizar los recursos que tenemos, para crear “el máximo valor público con los medios de que disponemos.
¿Cómo hacemos ciudades más productivas y competitivas? ¿Por qué algunas ciudades entran en crisis, mientras en situación similar otras son capaces de remontar el vuelo? Esto nos conecta directamente con el tema del liderazgo, el talento y su gestión… ¿Cómo encontrar y potenciar lideres y equipos inteligentes? O mucho mejor ¿Cómo desarrollar modelos de liderazgo que garanticen una gestión inteligente, más allá de las personas?
Finalmente, un criterio esencial para una gestión inteligente de la ciudad, es la necesidad de pensar en las generaciones futuras, y eso nos lleva a plantearnos la sostenibilidad de nuestros modelos de desarrollo, y en nuestra capacidad para conseguir la integración y cohesión social de la ciudad.
Dicho de otro modo, “la capacidad para satisfacer las necesidades de las actuales generaciones sin disminuir el potencial de las generaciones futuras” se ha convertido en un tema presente en todos los debates urbanos.
Frente a los pronósticos catastrofistas sobre el futuro partimos de una idea interesante: la ciudad, por ser un espacio comunitario, tiene un enorme potencial de gestión en común de muchos recursos, lo que la sitúa como ámbito de referencia para poner en marcha políticas con impacto directo en el medio ambiente y en la cohesión social. En muchas ocasiones los equipos de gobierno temen poner en marcha medidas correctoras desde el punto de vista ambiental, o pedagógicas desde el punto de vista de la integración social , pero que de antemano son impopulares.
¿Cómo se puede limitar el impacto del vehículo en la ciudad sin obtener la contestación social? ¿Cómo implantar políticas activas de integración de emigrantes sin el rechazo de la población autóctona?
Desde este punto de vista, La crisis actual es una gran oportunidad para poner en marcha políticas de austeridad y sostenibilidad como base para nuevos modelos de crecimiento y desarrollo quizás mas volcados en las personas, en la calidad democrática, la transparencia y la buena gestión, y no tanto en las infraestructuras y el urbanismo insostenible de aeropuertos sin aviones o macrocentros culturales sin usuarios…
¿Puede un alcalde ser reelegido sin presentar nuevos proyectos de infraestructuras? ¿Hasta que punto determinadas infraestructuras responden a verdaderas necesidades sociales?
En definitiva, ¿Es posible es gestión inteligente de las ciudades?





